07 enero 2006

Una mujer dulce y discreta con la fuerza de una bomba

La Jornada. Sábado 7 de enero de 2006. San Cristóbal de las Casas, Chis., 6 de enero. La comandanta Ramona tuvo siempre varios trabajos. Entre ellos el principal era, según decía, ''despertar a la gente''. Quién hubiera dicho que ella, prototipo del indígena "invisible", de los "más pequeños" de estas tierras, que parecen no existir, encarnaría imágenes tan poderosas e inolvidables para México y el mundo: en las brumas de la primera entrevista a los mandos zapatistas en 1994; en la catedral de San Cristóbal de las Casas, achicando a los enviados del gobierno salinista; en la comunidad de La Realidad, a punto de ser tomada por el Ejército, cuando por primera vez iba a salir un zapatista hasta la ciudad de México: ella.

Pero la más fuerte y paradójica de todas esas imágenes fue el 12 de octubre de 1996. La comandanta tzotzil, bordadora de oficio (y estupenda), ingresaba a la ciudad de México blindada como un ser muy valioso. O muy peligroso. Todo aquel hierro rodando sobre el asfalto, el despliegue policiaco, las cámaras y los micrófonos, la multitud en las banquetas, por una mujer de estatura mínima, casi monolingüe y casi analfabeta y, para colmo, enferma de gravedad.

¿Cabe imaginar un ser humano más peligroso? El gobierno de Ernesto Zedillo pensó que Ramona era un arma caliente. Y reaccionaba en consecuencia.

Veamos: esta mujer no sólo participó en la muy subversiva toma de San Cristóbal de las Casas por los indígenas del EZLN el 1º de enero de 1994. Ella misma, fundadora del ejército rebelde, y uno de su mandos civiles, el mando más alto del EZLN. Y para colmo, una de las impulsoras de la Ley Revolucionaria de Mujeres que entonces dieron a conocer los insurgentes, no como hecho consumado, sino como programa de lucha por cumplir.

¿Qué diferencia un ser así de una bomba de gran potencia? Cada vez que Ramona era vista fuera de las comunidades de su San Andrés, estallaba como una bomba. Discreta, dulce, de dedos imparables, siempre con hilos entre ellos, hasta cuando mataba el tiempo. Y el pecho encendido en el rojo de sus huipiles magistrales.

Al cumplirse un año de la firma de los acuerdos de San Andrés, Ramona concedió una entrevista a La Jornada en la ciudad de México, cuando convalecía de un trasplante de riñón, en febrero de 1997. Entonces dijo: ''Los zapatistas queremos un México que se cambia, se cambia el México, y un día México está libre". Y advirtió: "Si no se cumplen los acuerdos, la gente indígena va a seguir juntándose".

El 10 de octubre de 1996 había salido de La Realidad, escoltada por el subcomandante Marcos, ante el azoro de la prensa, de los diputados y senadores de la Cocopa que estaban allí como escudos humanos para que el Ejército no invadiera esa comunidad tojolabal, en una de las crisis más graves de esta "guerra de papel e Internet" (según frase acuñada por un funcionario salinista, quien creía, el sí, ser de carne y hueso).

Ese día estaban en La Realidad varios intelectuales. Y la asamblea nacional de El Barzón, decepcionada de que los zapatistas no mandaran al Distrito Federal al famoso subcomandante Marcos, sino a esa mujer insignificante.

Después de llenar el Zócalo de gente que la aclamaba, de participar en la creación del Congreso Nacional Indígena en el Centro Médico Nacional, de poner a temblar al régimen, y de vencer a la muerte en un quirófano, Ramona se sorprendía, desde sus ojos como tizón oscuro y con su voz de pájaro en tzotzil, la lengua maya más musical de todas: "No sé por qué me quieren".

El grupo musical chicano Quetzal se hizo célebre con la canción Todos somos Ramona. Si de verdad se pudiera decir que todos somos Ramona, este mundo sería un mucho mejor lugar.

Hermann Bellinghausen, enviado

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