05 septiembre 2006

La cultura; sí, la cultura



por Miguel Guaglianone*
Si queremos presentar respuestas a este sistema, tendremos que ser capaces de actuar no sólo en reacción a la situación socio-política que nos plantea la visión hegemónica (evitar convertirnos en lo que queremos enfrentar). Si lo hiciéramos corremos el riesgo -al querer combatir al enemigo con sus propias armas- de entrar a una competencia en la que no sólo lleva inmensa ventaja, sino que tampoco permitirá que cristalicen las condiciones para que podamos competir. De alguna manera la caída de la Unión Soviética mostró el fracaso de intentar enfrentar al sistema con sus propias reglas, priorizando el “desarrollo” tecnológico e industrial y abandonando los otros aspectos del cambio social y cultural. El combate al sistema en sus mismos términos, tantas veces intentado durante el siglo XX y tantas veces fracasado, puede equipararse a suponer que el cristianismo que nació en el seno de Roma y terminó siendo la base de nuestra civilización occidental, debió haber puesto sus mejores esfuerzos para crecer y consolidarse en los conocimientos y tecnologías de ingeniería vial e hidráulica, o la organización social y política o las tácticas y estrategias de guerra que habían permitido al imperio conquistar el mundo conocido. Su respuesta fue diferente, transversal, crearon una nueva visión del mundo, y actuaron, vivieron e hicieron en consecuencia a ella, generando las semillas de una nueva sociedad.

Para lograrlo habremos de hilar fino, encontrar la médula de la crisis y allí aprender cuáles pueden ser nuestras posibilidades para propuestas alternativas y diferentes. Una crisis que va mucho más allá de lo político, lo económico y lo social. Posiblemente nos encontremos en el estadio histórico que Arnold Toynbee [1] definió como la desintegración de una civilización. Al aplicar su modelo a nuestro mundo actual, parecen estar cumpliéndose todas las características históricas que caracterizan una civilización en sus últimas etapas. Cuando esto sucede, en su interior (en la periferia) el proletariado interno [2] -que no tiene que ver con la definición marxista de proletariado- está creando una nueva propuesta que generará la civilización filial naciente.

A pesar del neocapitalismo corporativo, del sistema político de la democracia representativa, del sistema militar de alta tecnología, de la sociedad de consumo y confort, lo fundamental de la crisis parece estar en que la propuesta civilizatoria que se intenta imponer está haciéndose cada vez menos creíble a las grandes masas del planeta, sin importar todos los esfuerzos por hacerla y mantenerla universal.

Y ¿qué es la propuesta civilizatoria? Es la cosmovisión presente en las mayorías que determina todo aquello que se vive y produce socialmente. De ella nacen los hechos creados por las gentes, que se estructuran a partir del sistema de valores y creencias y de la forma de ser, estar y hacer en el mundo.

La cultura, el factor fundamental

El Diccionario de la Real Academia Española define en su tercera acepción a la palabra cultura como “Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc”. [3] Esta es una definición amplia de cultura, más allá de la visión limitada que establece como cultura lo referente a las manifestaciones de ciertas artes (cultura refinada), o ciertas costumbres y manifestaciones en el seno de los pueblos (cultura popular, folklore). En esta concepción, los “hechos” sociales constituyen la cultura y la relación que tienen con el sistema de valores y la visión del mundo, es dual y dinámica: un sistema de valores y una visión del mundo producen un cierto tipo de hechos sociales, y estos hechos sociales a su vez modelan y desarrollan al sistema de valores y la visión del mundo.
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