06 enero 2008

Contra la tortura: un año después

En noviembre de 2007, Louis Vitale, sacerdote franciscano, y Steve Kelly, jesuita, fueron sentenciados a cinco meses de prisión por intentar la entrega de una carta de protesta contra el adiestramiento para la tortura en Fort Huachuca, Arizona. Poco antes de ser trasladados a una prisión federal los sacerdotes declararon: “La instrucción de la tortura en el Fort Huachuca y la práctica de la tortura en el mundo entero son reales crímenes. Hemos tratado de entregar una carta pidiendo la suspensión de esta instrucción y hemos sido detenidos. Hemos tratado de mostrar abierta y honestamente la evidencia de la práctica de la tortura y hemos sido impedidos. Queríamos poner abiertamente de manifiesto el uso extensivo de la tortura y el abuso de los derechos humanos cometidos durante interrogatorios en Abu Ghraib y Guantánamo, en Irak y Afganistán. Esta evidencia ha sido facilitada por los propios militares así como por investigaciones gubernamentales y de derechos humanos”.

La utilización indiscriminada de la “guerra contra el terrorismo” como carta de legitimidad para el uso de tortura lo mismo contra activistas políticos, grupos y reivindicaciones civiles, organizaciones humanitarias y organizaciones de legítima resistencia contra la ocupación militar de sus territorios ancestrales o nacionales ha allanado hoy en el mundo entero la práctica de la tortura, con sus técnicas llamadas científicas, y con usos de arcaica brutalidad. Las instituciones que deberían preservar globalmente el estado derecho, y en primer lugar las Naciones Unidas, son hoy parte del problema, no su solución.

Hace poco más de un año un grupo de intelectuales y académicos iberoamericanos e ibéricos presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara un manifiesto “Contra la tortura”. Su escueta redacción y su decidida protesta no fueron quizá tan significativos como la circunstancia de que venía avalado por destacados intelectuales, como Carlos Monsivais, Eduardo Galeano o Juan Goytisolo, y entre ellos tres premios Nobel, Gabriel García Márquez, Adolfo Pérez Esquivel y José Saramago. El manifiesto no solamente significaba el rechazo de las leyes de excepción globales unilateralmente decretadas por el gobierno de Estados Unidos. También encabezaba el libro Contra la tortura (Editorial Fineo, Monterrey 2006) en el que tres intelectuales: Margarita Serje, de Colombia; Pilar Calveiro, de México, y Rita Laura Segato, de Argentina, presentaban sendos informes sobre el uso de la violencia y el crimen organizado con fines políticos en Colombia, México y Estados Unidos. Cierra este libro Carlos Castresana, fiscal con un largo historial profesional contra el crimen estatal y paraestatalmente organizado en América Latina, y más conocido por haber conducido el apresamiento de Augusto Pinochet en Inglaterra por delitos contra la humanidad.

Una serie de aspectos deben subrayarse en estas contribuciones. El análisis realizado por Serje de las atrocidades cometidas en Colombia no sólo es brillante y tremendo, sino que pone de manifiesto una valentía ejemplar. Lo mismo ha de decirse con respecto de la reconstrucción de los feminicidios de Ciudad Juárez realizada por Segato, modélica tanto por su rigor científico como por su integridad moral. Por su parte, Calveiro muestra un amplio cuadro sobre los usos criminales de la tortura por parte de Estados Unidos. Su ensayo es relevante también por otra cosa. Esta escritora reconstruye un sistema criminal global valiéndose de información que está al alcance de todos. Pone en evidencia con ello la ceguera y complicidad de todos frente a una barbarie que tenemos ante los ojos. El análisis de Castresana es trascendental por dos razones fundamentales. Este letrado español pone de manifiesto un raro rigor lógico digno de la herencia de Francisco de Vitoria. Con este rigor deslegitima de manera aplastante las burdas justificaciones de lo injustificable por parte del gobierno de George W. Bush.

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